PEDRO PEINADO, MI HERMANO IMPRESCINDIBLE 

PEDRO PEINADO, MI HERMANO IMPRESCINDIBLE

Con las primeras nieves de este final de 2014, el amor, el aprecio, los afectos y las entregas de mil formas en sentido y valores, ¡qué dolorosos resultan! cuando el adiós se materializa permeable y brusco, sin ningún signo de cansancio en él, día tras día. Insensible y certero, donde más nos duele.

Como un ensueño ya lejano debió existir un inicio de identidad y pasión por el trabajo, el esfuerzo y la idea favorable con la que cualquier proyecto joven se nutre. También los tiempos de la claridad en los trazos de caminos, de haceres repletos de necesidades y la apropiada voluntad para levantarse, dar la cara, contagiar a todos aquellos que semiocultos y olvidados creyeron y, contra todas las carencias, nos pusimos a caminar junto a ti.

No fueron pocos los sencillos, y ahora demasiado breves, gestos de mesa, viajes, galerías, borradores. Un montón de ropa usada con los bolsillos repletos de palabras, historias e imágenes que llevamos a casa y cobijamos con los mejores enseres. Como un sueño, el de los justos, el de la justicia histórica tan en deuda con pequeñas comunidades y con enormes personas, a borbotones se abrió la tierra para reclamar ese digno nombre y esa fecha de la nobleza humana.

Algo de bíblico debemos de tener cada uno de nosotros, pero tú, Pedro, añadías además una aureola de luz tejida en el valor de los sueños posibles, de las realidades necesarias, de los símbolos con los que se nutre la esperanza.

Es por eso que lo que más nos duele es el propio dolor. Que hubiéramos deseado, al menos yo, haber nacido piedra o monte. Sencillamente. Para no sufrir, para no llorar. Una de tantas piedras o montes que tú bien hollaste en busca de sendas de vida, de cumbres con visibilidad plena de un lugar. Ellos, las piedras y los montes, no sienten, tampoco son felices ni les desaira la tristeza. Quisiéramos creer que son la palma de la mano de nuestras estaciones. Nuestro refugio eterno. Pero no hablan, no lloran, ni tan siquiera protestan si permanecen solos o los llenamos de banderas y viento. O los vaciamos a fuego y hacha. Así, como humilde piedra o monte orgulloso, podría yo sobrevivir y soportar estos tiempos de sequedad.

¿Cómo te recibirá la tierra?, ¿cómo te recordaremos nosotros? Ella debiera ser madre que acoge y hospeda, que reencarna y devuelve, que acuna y enmudece, que nutre. Tan llena de atributos como sus estaciones en frío, agua, sol y hojas secas de un río llamado, por ejemplo, Turia. Y nosotros, un aluvión de constancia, una fiebre, el verdor más amargo, la enfermedad más espantosa, que no nos deje ni bajar la guardia ni olvidar.

Porque, mi hermano, Pedro, (y permíteme este paréntesis de tierra filial, mi otro hermano, Carlos de la Rica), aunque fue breve tu vida, sin duda, será muy larga tu memoria.

Te digo hasta luego (feliz día ad divinitis) con el poema que te dedicase en mi libro “Republicanos”:

Durruti

A Pedro Peinado, en la carretera

Tú, que siempre has tenido manos de obrero
alpargatas con sabia reseca
tejidas al sol salobre y arenoso
sin más armas que la historia, el esparto y la yesca
de los humildes, de los pobres jornaleros
que mendigan su libertad al otro lado de las montañas y el invierno,
tú, desdichado, por haber nacido en el portal de los indigentes
donde todo se desborda con riadas de abandono
y esclavitud y hambre
pero en nombre de Dios,
donde ni tan siquiera la vida te da derecho a poder recordarte
a pesar de tanta sabiduría
maldorada por los huesos de la historia
y cadenas y ordenadores,
gentil entre la muchedumbre
porque te lo has ganado con el convencimiento de los que te preceden
con las podas de árboles no siempre bien cicatrizadas
pero convenientes para andar
para que la primavera de nuevo floreciese tras el frío,
anhelado como un sueño
entre tantas visiones de ojos desamparados
a los que la ley siempre prohíbe mirar por los balcones
del mar o del horizonte
y tener un minuto de descanso
para caricias y almohadas,
devuélveme mi orgullo
que cualquier estación es buena para apearse de este tren
y ser uno más de los que ahora
ahora mismo
en este instante en el que te llevas el pan a la boca
derriben los muros con escaleras de mano.

Salvador F. Cava

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