LA MEMORIA DE LA INDUSTRIA 


Cementera de Buñol abandonada y en ruinas.

La Industria Valenciana es uno de los mejores ejemplos de cómo se puede lapidar un Patrimonio Histórico que durante siglos ha sido el sustento para muchas familias.

En la segunda mitad de los siglos XIX hasta el XX, La Comunidad de Valencia ocupaba el segundo lugar después de Vizcaya en cuanto a importancia en el sector siderometalúrgico, con empresas tales como Los Altos Hornos de Sagunto, La Unión Naval de Levante, Fundición Industrial y Artística, como la creada surgida de una iniciativa personal y que convirtió en realidad el fundidor de fundidores de escultores de la talla de Benlliure, el Maestro Vicente Ríos Enrique. O como la empresa Devis, que hizo en su vida de todo. Hasta industrias más pequeñas repartidas en las tres provincias de una importancia clave en nuestra economía. Algunas han sobrevivido por propia iniciativa y una eficaz adaptación a los tiempos; como las que se mantienen vigorosas en pueblos como Elda o Elche, por citar algunas excepciones. O las que han ido naciendo después y mucho más puntuales. Que nadie se excuse con la modernidad pues puede ser un simple espejismo con mucha menos vida que lo andado. Eso, habrá que verlo.

Su desaparición, supuso sin duda un retroceso en el sector metalúrgico local. Nos hizo descender de ese puesto de privilegio y bonanza para ser sustituido por los actuales intereses inmobiliarios o de servicios. Digamos, que para hacerla mutar en un Montecarlo o en una California (Copa América, Formula 1...) O como el proyecto de Cullera, conocido popularmente como Manhattan y al que se sumó con la abstención el Bloc. ¿Me equivoco?. En un dulce paraíso para el turismo ocasional, que, cada vez es más, sí, pero con menos posibles: con menos poder adquisitivo, de quienes nos visitan. Y yo les pregunto a los lectores que leen estas palabras si ha sido para bien o simplemente, como todo indica, para enriquecer aún más a unos pocos. Si esta mutación está matando nuestra auténtica riqueza que con tanto sacrificio levantaron nuestros mayores, nuestros antepasados. Nuestra fértil e incomprendida huerta, por ejemplo. Ya que el Estado controla la inmigración, ¿por qué no ha de controlar a los depravados que atentan nuestras costas, nuestra tierra, para construir mansiones o campos de golf que necesitan más agua que los generosos y autóctonos cítricos? Para eso se pensó el absurdo trasvase, no para nuestros labradores. Afortunadamente, muchos con los que hablo casi a diario no se creen estas promesas de papel.

Hay quien confunde el verdadero precio con el valor subjetivo, contante y sonante. O que es muy pobre, ya que sólo tiene dinero. Pero yo les aseguro que existen otras motivaciones como debería ser la protección de aquellas industrias que durante un siglo han sido capaces de adaptarse a los tiempos con creatividad, que nos sobra, voluntad, y defensa férrea ante los oportunistas que esgrimen razones confusas para hacer que se volaticen con el tiempo. A veces con el apoyo de los sindicatos mayoritarios, que pocos son ya los que ignoramos el regusto que les produce ser colchones complacidos por y para el poder, para los patrones sin escrúpulos que se han situado entre la sociedad trabajadora y ellos. De eso, sé algo ya que como muchos otros sufrí los estragos de la Reconversión Naval que provocó la ruina personal a numerosas familias directas o indirectas con su producción sin que nadie, salvo Fernando León en su magnífica película social, “Los lunes al sol”, hubiera contemplado la tragedia colectiva. Su verdadera magnitud, cuando lo que se pierde no puede comprar con el oro, porque se ha levantado con el sudor y endurecidas manos.

Siento pena por ver desaparecer poblados como La Punta, El Cabañal, para hacer muelles donde atracan yates de lujo que han convertido el paisaje en un vulgar rincón de ocio y desplazado nuestra historia, y también a sus protagonistas.


Macosa, en Valencia.

Echo de menos a los pescadores que bajaban de sus casas después de trabajar, más que a pescar, a charlar de sus cotidianas y tranquilas vidas. El ambiente familiar de La Lonja donde los duros marineros descargaban en paz de las bodegas de sus modestas barcas el pescado que allí se vende. Siento lástima de no volver a escuchar la sirena de nuestros astilleros; que no fueron capaces de hacerlos desaparecer las calamidades de los bombardeos franquistas, y sin embargo, cuatro políticos que se dicen de bien, las han hundido como hundieron los submarinos nazis los barcos que traían provisiones y armas para la II República, en la estúpida guerra incivil que nos costó sobre un millón de vidas hermanas. Hay quien aún creé, que ganó. ¡Qué barbaridad! Todos perdemos cuando olvidamos. Todos perdemos cuando ellas, nuestras industrias, mueren. Por eso lanzo este aviso a navegantes, como dicen los marineros. No estaría de más que las administraciones pusieran especial atención en estas empresas centenarias que nos identifican como pueblo; que no vean en las multinacionales la panacea ya que el error y su traición, una vez instaladas para irse donde menos paguen, son reales, constantes y por lo que se ve, boyantes. Seamos realistas y no creemos ficciones. Somos de donde comemos y vivimos como somos. Que no importen otros nuestras propias ideas ni tampoco compartan, si fallamos, nuestras desilusiones. Este pueblo sabe vivir sin que vengan a decirle cómo ha de hacerlo.

Benjamín Lajo Cosido
(memorialista)


Cementera de Buñol abandonada y en ruinas.

Fotografías: José Mª Azkárraga

Descargar en formato PDF