LOS MUERTOS QUE NACEN 

... Fuerte, con ancho corpachón de campesino que recuerda la robusta y poderosa humanidad de Durruti. Un semblante enérgico y aderezado, ligeramente marcado por la viruela, los ojos vivos, la frente despejada. Un aire un poco selvático y tímido. Un hombre simple, modesto, aún hoy absolutamente inconsciente de que es un héroe”.

Con estas gráficas palabras describe Federica Montseny, libertaria y Ministra de Sanidad en la Guerra Civil de 1936, a Ramón Vila Capdevila, apodado “Caraquemada”. “Capitán Raymond” en la Resistencia Francesa tras la contienda española, durante los primeros años de la década de 1940, como uno de los testimonios recogidos en su libro, “ÉXODO. Pasión y muerte de españoles en el exilio”, cuyo descubrimiento y lectura me ha conmocionado hasta retorcer violentamente mis entrañas.

Esta página de nuestra Historia estuvo silenciada durante los años (40) franquistas, y aún hoy, en el Siglo XXI, casi ignorada, sigue sumergida en el olvido de nuestra memoria más reciente. Individuos como ellas y ellos nunca interesaron a los que estudian cómo hacer que otros trabajen por ti. Su libro testimonial alecciona al lector inquieto que continuamente se hace preguntas y espera a cambio alguna respuesta. Porque cuando las teorías se gestan y se consigue materializarlas en sólidas realidades, son ya hechos que el convencimiento y la evidencia, hacen irrefutables. Como innegable fue su entereza, su compromiso. Sin escatimar en voluntad y arrojo. Persiguiendo el derecho a la libertad aunque fuese la vida el valor a pagar por alcanzarla.

Fueron muchas las víctimas anónimas las que se vieron obligadas a optar por tan cruel posibilidad. Las que no se resignaron a morir en los Campos de Concentración franceses o en sus Campos de Trabajo como esclavos. Tres años después de guerra en España combatiendo encarnizadamente a la tiranía franquista, tuvieron que continuar luchando contra el fascismo-nazismo para sobrevivir y seguir resistiendo. Sin esperar otra recompensa de la vida que su ansiada libertad.

Cuando leí los testimonios de nuestros exiliados en Francia, que recopiló Federica, quien también sufrió el escarnio de la mezquindad humana, una pregunta andaba incomodándome, me rondaba la cabeza desde esos días de lectura. Estaba rememorando un presente de pocas décadas atrás, y aquellos hechos. me parecían haber sucedido hace siglos. Hasta en las sentidas conmemoraciones a las que he asistido últimamente o en la que he participado, emanaban de ellas una nostalgia, que como un mal presagio sentía que pronto iban a ser olvidados. Personalmente, creo que estos actos, que merecen mi mayor respeto, no legitiman sus hechos. No cubren su vacío ni aplacan más pena que la de sus allegados o afines. Sus hechos, sus acciones, pensadas para el porvenir, en nosotros, estaban seguros que alguno de ellos transmitiría al futuro su infortunio. Esas mujeres y hombres murieron pensando en nosotros, su continuidad. Su presente estaba escrito con roja sangre. Respiraron el aire contaminando de sus penosas vidas para purificarlo el día que llegara a nuestros pulmones. Lo dieron todo... En cada jornada en la que superaban como podían la dignidad, estoy seguro de que sus corazones soñaban con poder entregárnosla algún día.

Solamente nos separan unas décadas de aquellos grises años. Y mi pregunta sigue flotando en mi mente. Aunque sé que sólo mi corazón es el único que la puede responder. Cuando la Razón no sirve para darnos respuestas a nuestras dudas, es a él a quien debemos preguntar. Y a mí corazón pregunto:

¿Qué amordaza nuestra dignidad? ¿Acaso la defendemos?

Las lágrimas que hacen florecer las penas de sus pasos, nos señalan el camino a seguir. Son las luces de sus voces las que nos guían y abren entre la espesura de la oscuridad la Senda de la Esperanza.

Ellos y ellas hicieron rugir el grito de su victoria, aplacaron brevemente su sed de libertad. Ahora, sólo somos capaces de recordar lo que hicieron, quienes fueron. Somos los portadores de sus recuerdos, porque no intentamos ser más, tememos al fuego. Los fuegos también los provoca a veces la Naturaleza para que de las cenizas de los viejos pastos surjan nuevos. Verdes y vigorosos.

El libertario ruso Bakunin dijo que, “Cuando el hombre de ciencia trabaje y el trabajador piense, se habrá formado la Verdadera Humanidad”. También dijo que con una Pedagogía adecuada basada en una Formación Integral se evitaría formarse una “aristocracia de la inteligencia”. ¿Quién asegura que no es posible vivir en un mundo más justo? ¡Miente!.

Defender estos principios básicos y elementales, está en manos de quienes nunca tuvieron la oportunidad de tenerlos. No debe ser un propósito, sino una exigencia. Les aseguro que la azada y el ordenador son compatibles. Por eso nadie debe negociar su existencia. Ni el aire que respira. Ni la sed, el hambre o la miseria. Si pedimos tan fundamentales derechos y nos los niegan, se toman. Esta es la ley de la dignidad. La que no reconoce a jueces ni abogados. Ni a sus fuerzas de poder. Me viene a la memoria un verso de Antonio Gala: “El que corta una flor la inmortaliza y en una rosa caben todas las primaveras”. Cierto.

Todos los que ahora temen y en silencio lloran y maldicen su suerte. Aquellos que ven peligrar su comodidad desde lejos, y que ahora esos poderosos que les dijeron proteger sus bienes, alimentarles a cambio de trabajo y hacer crecer su bienestar, han traicionado su confianza, como siempre hicieron desde que el Ser Humano pisa este mundo. ¡Que sea su miedo un arma contra quien lo provoca! De lo contrario, se perpetuará, y si no se ofrece resistencia, lo heredarán quienes nos sigan.

Ramón Vila Capdevila, “El Capitán Raymond” en la Resistencia Francesa, en la entrevista que mantuvo con Federica, se mostró taciturno; esa era su forma de ser, parco en palabras. Aunque estaba ante una antigua y querida compañera.

Ante su insistencia porque relatara algunas de sus hazañas. Que fueron numerosas e importantes, sobre todo en sabotajes, era su especialidad contra nazis y colaboradores de ellos franceses durante la ocupación alemana, le dijo:

“Cara a cara, jugándome la vida, todo. Pero ni durante la Revolución en España ni en la Resistencia en Francia, jamás quise intervenir en ejecuciones ni en nada que se le parezca. Un enemigo vencido ya no es un enemigo y matar a un hombre indefenso no es propio de hombres”.

Estas palabras que pronunció Ramón. Que luchó ininterrumpidamente durante su vida hasta que tuvo fin en Agosto de 1963, al ser abatido en una emboscada de la Guardia Civil, no expresan odio ni venganza. Ni corresponden a la de un bandido que es como todavía considera el Estado español a estos hombres y mujeres. Más bien son ejemplos de aquellos a los que las injusticias les hicieron justicieros. Son las palabras de un hombre convencido que sin libertad, el Ser Humano no es más que un animal domesticado a merced del poderoso que se sirve de su miedo para neutralizar su voluntad. Como Ramón, muchos fueron conscientes y consecuentes ante esta amenaza. La Ira es un grito espontáneo que se libera del miedo. Rompe cadenas, derriba murallas. Canalizada, puede llegar a ser la mejor y más efectiva arma del oprimido.

Los armados de Avaricia, blindados y seguros en su Codicia, saben que su dominio es vital y procuran su conteción. Temen todo lo que esté fuera de su control, pero el miedo es universal...

Desde nuestra Periferia de Lobos Errantes, mi amada y yo, sentimos temblar la Tierra a nuestros pies mientras la Luna nos contempla sin poder retroceder. Angustiada y temerosa. Ella, nuestra fiel aliada, también espera que algo suceda, como lo hacemos nosotros. Que cada noche esperamos a que otros Aullidos Libertarios se eleven sobre el silencio para derramar nuestro odio consciente. Y que al unísono, aullemos la rebelde felicidad y el amor por la libertad incomprendida.

Federica Montseny, el capítulo que dedica a los testimonios de los cautivos y esclavos de las Compañías de Trabajadores franceses, dice a su inicio:

“¿De dónde venían, quienes eran esos hombres marcados por el estigma de los vencidos y reducidos a la condición de esclavos? No tenían ningún derecho: el Estado Francés les explotaba y les cedía a cambio de unos francos, como miserables cautivos. Habían luchado por libertar al mundo: su crimen fue soñar con una sociedad mejor. Quisieron oponerse al Mal y el Mal los venció. Muchas veces sus espaldas se doblaron bajo la cruz, y, como Cristo increpaban al cielo inmisericorde, al padre que les abandonaba y a Pedro, el hermano que les mentía y renegaba de ellos.

Eran bravos, indómitos y generosos. Hombres, entre seres deshumanizados”.

Y fueron muchos los que dejaron sus sueños, sus vidas y sus huesos en tierras ajenas por verse obligados. Y numerosos los que se enfrentaron una y otra vez a la muerte. Ni reparaban en qué lugar morir, Allá donde se hallasen “los ojos vivos” que Federica vio en Ramón, nunca fue oscura la noche. Seguro que en esos ojos vivos resplandecía la alegre rebeldía, que como una estela luminosa anida en nuestra sangre.

Al terminar su conversación con Ramón Vila Capdevila, Federica tendió la mano a su amigo y correligionario:

“- Salud, Ramón.”

“- Salud, Federica.”

“-Salud, Ramón. Hasta mañana o hasta la eternidad.”

Benjamín Lajo Cosido
(memorialista)

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