MONTXO ARMENDARIZ 

Conocí a Eduardo en Valencia, en unas jornadas sobre la guerrilla antifranquista, allá por el año 1999. Él era uno de los ponentes y yo, en aquellas fechas, andaba recogiendo información para escribir el guión de “Silencio roto”. En cuanto nos presentaron, comenzó a hablar de cine con tal conocimiento del medio que me dejó asombrado. Enseguida me confesó que, tiempo atrás, había ejercido como crítico cinematográfico y que también había escrito algunos guiones documentales. Durante los dos días que duraron las jornadas, Eduardo no dejó de sorprenderme por la gran capacidad crítica y dialéctica que mostraba ante cualquier tema. A partir de aquel encuentro, surgió una amistad que, no sólo se mantuvo con el tiempo, sino que se fue consolidando a través de esporádicos encuentros, de su valiosa participación en nuestro documental “La guerrilla de la memoria” y, sobre todo, por medio de una correspondencia epistolar que recuerdo con especial cariño. Sus apasionadas cartas –escritas a mano– llegaban puntualmente, casi mes a mes, a nuestra productora. En ellas, con su inconfundible letra llena de calor y de energía, nos proponía temas para nuevas películas, comentaba artículos y libros de reciente publicación o intercambiábamos opiniones sobre cine, literatura o política. En una de ellas, incluso hablaba de los ovnis y de su posicionamiento ante el tema.

Así era Eduardo, un hombre abierto al conocimiento de cualquier disciplina, dispuesto siempre a conversar, a aprender, pero sobre todo, a enseñar. Porque sabía que la ignorancia es el germen de la opresión y que el conocimiento es la base del progreso humano y social. Y él fue un luchador infatigable de la justicia, un guardián permanente de la libertad. Lo dejó escrito en uno de sus múltiples trabajos: “Las guerras van cambiando de nombre, pero la causa de la libertad es siempre la misma”. Una causa que nunca abandonó a pesar de las guerras que perdió.

Siempre admiré su vitalidad, su coherencia y su enorme generosidad. Una generosidad que le llevó a afirmar que “se me olvidan las cosas que me han hecho personalmente, pero recuerdo todo el daño que le han hecho a mi pueblo”. Así era el Eduardo que yo conocí. Así es el Eduardo que ahora nos deja este libro sobre Picasso, un hombre persistente, indestructible, como si con su trabajo quisiera recordarnos, como decía su admirado Hernández, que todavía “tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”.

Montxo Armendariz

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