HEMOS ESCRITO 

Noviembre

Salvador F. Cava

En el transido baúl de los meses, cuando uno quiere echar mano de inventarios y cuentas, de tiempos vividos e imágenes propias al ralentí de las emociones, sorprendentemente, a veces, nos topamos con la aparente sorpresa de que el arcón está vacío. Vacío de enseres, falto de imágenes y hasta mudo de palabras. Sin embargo, uno insiste, rebusca en los rincones de la perplejidad porque está seguro que allí hay algo, que siempre debe haber algún recuerdo en el viejo baúl o maleta que le ha acompañado como sombra fiel a lo largo de todos sus años. Allí deben de estar las reuniones familiares, las risas, algún libro sin terminar de leer, esas tarjetas postales de barcos y ciudades, cartas envejecidas, los cumpleaños, o la dicha insinuada entre los rizados bucles del humo de las tartas y las velas. Porque también debería de haber velas de colores y números y, desde luego, fotografías, aunque semejasen desteñidas y con ojos de ausencia y de naufragios.

Recurso fácil sería el dejarse llevar por el disgusto, y pensar que algún duende querido ha hecho limpieza de nuestra memoria, pero enseguida desistimos, para qué el enfado si, al fin, casi siempre es más fuerte el recuerdo que la realidad. Y hasta a lo mejor conviene dejarlo así: un escenario vació donde tranquilamente podemos ir recomponiendo el ayer de esos 30 días que forman el árbol genealógico del otoño, e incluso es posible incluir en sus vivencias a actores invitados que pongan música a sus días o que escriban poemas por sus tardes y tertulias con sabor a café en sus noches.

En nuestra tradición cultural noviembre te recibe con flores. Es un mes de destinos más que de designios, de atardeceres más que de madrugadas, de paseos por todos los senderos del monte con un sol en pinzas, de la lluvia que sí y que no. Ya los árboles han perdido la transparencia maquillada de las hojas amarillas, todos los tonos del verde se van replegando como lombrices asustadas, y una pátina de claroscuro adormece los líquenes. Sin embargo, los frutos silvestres penden en las ramas jóvenes como lágrimas de sal roja, y semejan desde lejos mariposas de sangre que parpadean en los ojos. Sin duda, es la voluntad de cristalizar la savia, de recoger la ropa, de un cierto caminar lento en segundos que son minutos… Y de pensarse entre los fugaces sonidos de la tierra. Porque a esa identidad nos conduce el camino de la búsqueda. El remover el silencio del aparente, tan solo aparente, vacío de los baúles.

Desde hace algunos años, noviembre, asimismo, es el mes compartido de Cerro Moreno en Santa Cruz de Moya, donde tanta generosidad se juntó para alivio de nuestra conciencia, si la tuviéramos, o de nuestra memoria que sí la ejercitamos. En una de sus primeras noches, y madrugadas, los sueños son retales de historia. Y durante esas horas, si miramos hacia atrás, prohibimos a nuestra mente que ejerza de poeta; pero si lo hacemos hacia delante, no queda más remedio que seguir buscando versos.

Al cabo, cuando con pulso lento cerramos el baúl, uno termina dándose cuenta de que en este mes nació, declinando ya el otoño; que su día, el 9, le ha acompañado toda sus madrugadas como arcano, y por eso siempre estará agradecido a la voz melodiosa de Cecilia; y que lo privativo de noviembre es que en él, como para los demás su propia fecha, vuelve a sentirse naciendo, renueva las apetencias, y casi sin querer de nuevo va depositando enseres y postales del día a día en el mismo baúl y en los mismos rincones, sin necesidad de abrirlo, porque de alguna manera comprende que el viejo guarda enseres siempre nos ha acompañado.

Descargar en formato PDF