IDENTIFICADOS LOS RESTOS DE TEÓFILO ALCORISA, EXHUMADOS EN EL CEMENTERIO DE VALENCIA

 

Eran los años difíciles de la postguerra.

En el pueblo y aldeas conquenses de aquellos contornos montañosos, cercanos al río Turia, cerros yesosos y barrancos rojizos, malvivían luchando contra el hambre, en difíciles condiciones, hombres y mujeres humildes, calzados con albarcas y vestidos de pana apedazada. Las mujeres de negro y un pañuelo cubriendo la cabeza. Los hogares humildes estaban repletos de niños y jóvenes y en ellos convivían nietos, hijos y abuelos, calentándose en la lumbre de leña de los pinos que cubrían el término. Las gachas con sardinas o bacalao y pimientos del huerto se repartían entre los miembros de aquellas humildes familias, puesta la sartén en medio del corro o en el centro de la mesa, y pasando la bota o el barral para ayudar a pasarlas con un trago de aquel vino áspero y un poco picante. Por las noches, unas sopas de pan, un ajo “espiscado” y un “chorritón” de aceite calentaban los estómagos. En los pedazos de tierra sin pinos se cultivaba el trigo, la cebada, las viñas que daban lo justo para matar el hambre las familias y los animales. Los hombres y los jóvenes, desde muy temprana edad, iban a las vendimias a Utiel y alrededores, a los pueblos cercanos al Villar a recoger aceitunas, a segar a Aragón y a la Ribera a Valencia. De esta manera podían disponer de algunas pesetas para cubrir los gastos apuntados en el debe de las tiendas del pueblo.

La vida en Santa Cruz de Moya y en sus aldeas era muy dura, se comía lo justo, se vestía remendao, se trabajaba de sol a sol y las familias no tenían dinero.

Los tricornios mandaban, denunciaban o abofeteaban las blasfemias y no dejaban trabajar los domingos. Los falangistas hacían sus desfiles luciendo camisas azules y gorras rojas y, en el verano, tenían vacaciones en un campamento de una playa lejana.

En estas condiciones, empezaron a llegar por aquellos montes, unos hombres misteriosos. Salían a la gente que venía del monte y les hablaban de libertad, de justicia, de democracia y de vidas mejores.

Este fue el caso de Pedro Alcorisa Peinado. Un día volvía del monte de por leña, no lejos de Las Casas del Marqués y le salieron unos de aquellos hombres. Sus palabras le convencieron y, a partir de entonces, se unió a ellos. Su conocimiento del término les hizo un gran servicio, pues se dedicó a llevar correspondencia, avisos y recados de un campamento a otro, por el 11º y el 5º sector de LA AGLA. A partir de entonces, de la aldea de Higueruelas faltaba Pedro, y otros vecinos se fueron también con los maquis. La guardia civil les decía bandoleros y tenían orden de perseguirlos y perseguir a cualquier persona que les ayudara.

De una manera u otra, llegó a los oídos de los guardias que Pedro se había ido. Los servidores del orden lo tuvieron muy claro. Cogieron a su padre y se lo llevaron preso porque, además, era un punto de apoyo que llevaba comida a los campamentos cercanos. Aquel año 1947 fue un año de fuerte represión, quizá en ello influyó aquel nefasto accidente ocurrido en Losa del Obispo. Hubo torturas y muertes ese año. Arrancapinos fue un lugar donde reinaba la silla eléctrica. A aquel cuartel, de nefasto recuerdo, fueron a parar varios de los puntos de apoyo de Santa Cruz de Moya y de sus aldeas. Algunos salieron después de las torturas y la silla eléctrica y se salvaron, otros salieron y murieron en sus casas al cabo de un corto tiempo y otros fueron allí mismo asesinados. Eso pasó con Teófilo. Lo cogieron preso el 16 de Abril, lo llevaron a Arrancapinos y el día 24 lo enterraron en el cementerio general de Valencia. Seguramente, al poco tiempo, llegó la noticia a su hijo, por los montes Universales, y, aquella noche, las lágrimas fluyeron a sus ojos desvelados, bajo los pinos, mirando las estrellas.

Por aquellos días, Joaquín otro vecino de Higueruelas, sufrió lo mismo, y, de la misma manera, acabó en el mismo cementerio. La diferencia fue que Teófilo era un punto de apoyo que les ayudaba, pero su hijo era maqui y Joaquín era uno de tantos puntos de apoyo de la aldea, que les ayudaba. Teófilo fue enterrado, y su nombre fue escrito en el libro donde se asentaban los enterrados y el lugar en el cementerio. Joaquín, en cambio, fue un enterrado sin nombre y seguramente está asentado como desconocido en el libro de registros. Puede ser una de las posibilidades.

Fueron pasando los años. Las familias tuvieron que aprender a subsistir sin ellos, con menos brazos para el trabajo, dos viudas, huérfanos y más hambre y más necesidad.

Pasaron más años con más y más estrecheces cada día, represión, palizas y muertes… Marcharon los hombres que quedaban vivos, de aquellos que vinieron de Francia con muchas ilusiones, sin ver cumplidos sus objetivos y con una dictadura cada día más fuerte.

Pedro marchó al exilio con aquellos amigos camaradas, y Teófilo, allí en la fosa, olvidado de todos, menos de su familia que lo recordaba en silencio, sin hablar con nadie, porque estaba prohibido y la losa del silencio pesaba sobre sus cabezas y cerraba sus bocas como las de muchos vecinos.

Pasaron más años y Santa Cruz de Moya y las aldeas se fueron despoblando. Algunos caseríos casi desaparecieron, otros desaparecieron del todo. Higueruelas estuvo a punto, pero finalmente se recuperó y, aunque son muy pocos los que allí viven, sus casas se han rehecho y en verano son muchos los que allí pasan sus vacaciones y los chicos gozan de libertad y del aire puro de los pinos cercanos.

Y un día apareció en santa Cruz de Moya una asociación llamada la Gavilla Verde, una asociación cultural que tiene entre sus objetivos promocionar los pueblos olvidados de la sierra como el nuestro. Y también empezó, desde el principio, a ayudar a las familias a recuperar a sus seres queridos, hechos desaparecer por el franquismo, durante la dictadura. Y enseguida, familiares de Joaquín y de Teófilo pensaron en recuperar sus restos y prepararles el homenaje merecido y darles una sepultura digna. Y hubo un gobierno que, cumpliendo a medias con sus funciones, nos concedió una subvención para llevar a cabo la exhumación de Teófilo en el cementerio de Valencia. Pero la alcaldesa Rita Barberá se creía la dueña de Valencia, y por lo tanto, la dueña del cementerio. Y no es que no colaboró, sino que prohibió que se pudiera llevar a cabo la exhumación. Y no hizo caso de normas de conciencia y de humanidad, ni de suplicatorios ni de solicitudes, ni de leyes españolas ni de leyes internacionales. Y Teófilo no pudo ser recuperado y además se tuvo que devolver la subvención porque pasaron los plazos. Y yo, con otros, seguía con la esperanza de que un día esta situación tenía que cambiar.

Y por fin esto ha cambiado. Y Rita Barberá ya no es la alcaldesa. Y ha llegado un nuevo Ayuntamiento. Y ese Ayuntamiento nuevo, de personas humanas que saben ponerse en lugar de los otros y te tratan con empatía, han cumplido con una función puramente humana. Por fin, el Ayuntamiento de Valencia ha recuperado los restos de Teófilo Alcorisa, los ha identificado y los entregará a la familia. Por fin, Pedro Alcorisa Peinado y Pilar Alcorisa Peinado podrán rendir homenaje a su padre y enterrarlo junto a su mujer que quedó viuda en aquel tan lejano 24 de Abril de 1947.

La Gavilla Verde ha estado junto a la familia siempre. En estos momentos, nos unimos, emocionados, con amor y cariño, en un abrazo fraterno, a Pilar y a Pedro y a toda la familia. Humildemente, animamos al nuevo Ayuntamiento y, de manera especial, a las dos jóvenes responsables, a que prosigan por muchos años, en su tarea, para bien de todos los valencianos y valencianas.

Adolfo Pastor