ADELINO PÉREZ «TEO» 

SER POLÍTICO

(En recuerdo de Adelino Pérez Salvá, “Teo”)

Salvador F. Cava

La distancia con la República y su defensa durante la Guerra Civil y en la dictadura, y hasta en la transición y años democráticos, se nos va agrandando. No por el esfuerzo decidido, constante y esclarecedor de numerosas personas y colectivos sociales, sino por el propio imperativo del tiempo que nos deja huérfanos de testimonios directos, y nos obliga a trasladar la emotividad, la solidaridad y hasta la reivindicación de la justicia hacia parámetros de ejercicio intelectual, que nunca son desdeñables, pero que suelen enfriar cualquier acción y, desde luego, aportan otros e imprescindibles saberes. Pero por ahora, a muchos, la fuerza se les va en la teoría, arropándose en su propio convencimiento. Para ellos dos por dos serán siempre cuatro, sin embargo, para quien no tiene más que un euro para pasar el día, en estos momentos, insisto, el estudio de las multiplicaciones no le sirve para mucho, pues antes tendrán que hacer muchas sumas y restas, o incluso patearse las calles para solucionar sus problemas vitales, si no quieren quedarse sin comer y a la intemperie, como viene sucediendo con mucha gente, demasiada, en la trepidante actualidad. Es por ello, que la teoría puede ser acertada, pero su praxis, en ocasiones, es un verdadero desastre.

Y de aquellos comunistas y libertarios y republicanos que tras las dos guerras, Española y Mundial, continuaron en la lucha del monte, y de la política, podríamos aprender que ambos cosas, teoría y práctica, pueden ir de la mano. No es de recibo negar la mayor, por ejemplo cuando se trata de exhumaciones de guerrilleros –en Benagéber últimamente–, argumentando con ello se “rompe la cadena de pruebas” y “hasta se secuestran” estas últimas, porque además de no ser cierto, dado que la práctica forense legal y escrupulosamente científica recién aplicada, –por ejemplo Villarejo de la Peñuela–, se puede trasladar a los juzgados si los familiares lo desean o los teóricos a los que me refiero también dan el paso adelante de su praxis. Doy por hecho que no desconocen la seriedad de las formas de exhumación practicadas, y por ello sus objeciones, además, –en este caso–, de reduccionismo curioso al obviar interesadamente otras muchas exhumaciones llevadas a cabo en todo el territorio nacional, y su planteamiento, parecen hacer recaer en la “testificación” de las pruebas de la muerte de tres guerrilleros y cinco enlaces, el núcleo básico de la condena judicial de lo que fue la dictadura franquista: como si la historia, la documentación gráfica, sonora y audiovisual, las autobiografías, los miles y miles de testimonios de republicanos y sus familias que sufrieron la represión, los innumerables juicios sumarísimos, etc. sirvieran para poco. Ese cargo de conciencia histórica y judicial que se quiere hacer recaer “especialmente” sobre la exhumación de Benagéber, es sencillamente pacato. Y además, aunque sea en plan torero, si mi tío o mi padre, como mi abuelo lo está en otra parte, estuviese allí enterrado: ¿quién es nadie para impedirme que lo desentierre y le dé sepultura dignamente? ¿Me lo va a impedir alguien con el argumento que si lo desentierro, aunque fuese por mi cuenta con pico y pala, no se podría condenar al franquismo pues “secuestro pruebas”?, ¿nos esperamos otros setenta años para que mis bisnietos desentierren a su abuelo, a su bisabuelo y a su tatarabuelo? La razón, por muy lúcida y acertada que sea, ya lo trazó Goya, engendra monstruos.

Decía que podíamos aprender de aquellos guerrilleros que unían teoría y práctica. Y lo digo ahora pensando en uno de los que mejor ejemplificaron con su vida el valor de la palabra, el carácter de convicción que los planteamientos ideológicos pueden tener, pero sin olvidar que el camino también se hace ofreciendo soluciones concretas a problemas diarios. Esa fue la guerrilla, supervivencia y lucha, vida y discurso. Y esa fue el constante hacer de una persona maravillosa, de un ciudadano ejemplar: Adelino Pérez Salvá, en las guerrillas de Levante y Aragón “Teo”, desde el año 1948 que se incorporase enviado desde Francia por el PCE.

Con 19 años, y desde su militancia en la JSU se incorporaría al frente en la Sierra de Guadarrama, para al año siguiente pasar por la Escuela de Guerrilleros de Benimámet e ingresar en el XIV Cuerpo Guerrillero. Uno de sus mejores jefes y amigos sería Peregrín Pérez “Ricardo”, comandante de este Cuerpo y futuro jefe de la AGLA en 1948. En la Resistencia francesa también participaría Adelino Pérez, y desde 1948 a 1952 en labores de actividad y apoyo político en los diversos sectores en los que se articulaba la estructura guerrillera de Levante. Precisamente fue el encargado de trasladar las órdenes de evacuación en las Navidades de 1951-1952. Actividad que se realizaría, con la dirección interna de José Manuel Montorio “Chaval”, desde Cofrentes.

Los años siguientes siguieron siendo de militancia activa. Siempre en la clandestinidad y casi siempre en el interior de España, bien en Extremadura bien en la minería asturiana. Sólo con la muerte de Franco, en 1976, podría regresar de forma abierta a España con su familia, y también entonces siguió participando y militando en el PCE y en IU de La Safor, en Gandía. Hasta que nos ha dejado, el día 29 de marzo.

Su vida de guerrillero fue la que me unió a él y a su mujer Piedad. Lo visité varias veces en su casa del Puerto de Gandía y coincidí con él en unas de las jornadas y homenajes a los Guerrilleros del mes de octubre, en Santa Cruz de Moya. La visión que él me dio y dejó entre los allí presentes siempre fue de ánimo político. De discurso encendido y convincente, claro y aleccionador. No había reproches en sus palabras, aunque en su biografía final, como tantos otros camaradas comunistas sintieran el desafecto de los últimos planteamientos oficiales del Partido Comunista, y hasta se sintieran defraudados por las posturas de la persona a la que más habían admirado y seguido, la de Santiago Carrillo. Yo interpreto esta decisión como una más del siempre deseable debate histórico, de las vivencias permanentemente activas de las personas, que atienden a la volatilidad de la ideología, y de alguna manera, no cuestionan su uso, sino su permeabilidad.

Pero “Teo”, hasta que las fuerzas y el cansancio, pues falleció con 92 años, le pudieron, siempre estuvo en el frente de la recuperación de la memoria de los guerrilleros, con el sano y decidido propósito de devolverlos a la Historia, con mayúsculas. Fue uno de las más decididos emprendedores de su memoria. Sin ningún interés personal, tan sólo el colectivo: dejar constancia de que el olvido democrático de todas aquellas personas no tenía sentido. Como tampoco la falta de reconocimiento de sus derechos. Ahí están las hemerotecas.

Por eso siempre nos quedará su valor. Y con él todo un ejercicio de vida militante y coherente, de política en pie alentada desde la base que supuso ser joven y adquirir conciencia política a base de coraje, solidaridad y compromiso, desde un pequeño pueblo, de Villalonga, en este caso, porque nada se nos regaló, y si queremos conseguir igualdades y libertad siempre hemos de estar dispuestos a la acción y al discurso. Gracias a él, podemos seguir creyendo en los valores sociales más nobles, resumidos en el debate abierto, generoso, razonado. Vida política, en definitiva, también en las calles, en las minas, en el monte. Allí por donde la vida y el ejemplo de “Teo” transitó. Con todo mi afecto.

Más información: www.larepublica.es