ESPERANZA PÉTREA 

¿Qué es una piedra?.

Un planeta lo es. Una convicción también puede ser una firme roca. Un sueño alterando las leyes de realidad, es toda una cumbre rocosa. Hasta una mirada puede llegar a ser una piedra. Me atrevo a decir que hay palabras que son piedras. Porque las piedras cuando se domestican se pueden convertir también en ladrillos. Dejan de ser simples y rodadas costumbres en la orilla de un camino, en la falda de un ribazo, para ocupar el cimiento, las paredes de una casa. Este es el comienzo...

La especulación inmobiliaria es un comercio de esclavos en el cual no se contemplan otros intereses que los que proporciona el dinero. Un mercado sin leyes, ni humanas ni naturales. Un zoco donde se venden las vidas de las personas. Los recuerdos son para estos mercaderes camaleónicos, como muchos sabemos, una baba de nostalgia entre los escombros; que interpretan la existencia como un negocio sustancioso.

Hace poco tiempo, un año y medio más o menos, mi compañera Déborah y yo dejamos la ciudad (Valencia) huyendo por las presiones malvadas de una agencia inmobiliaria del piso en el que morábamos de treinta metros cuadrados en la calle Poeta Llombart, próxima a la Plaza de la Merced y muy cerca del Ayuntamiento, hasta un pueblo de Los Serranos, Chulilla, a cincuenta kilómetros de la urbe. Antes de esa drástica decisión a la que fuimos empujados (gracias) tuvimos que sufrir las malas artes de los especuladores de este gremio que tan alejado está de sensibilidad alguna. No olvidemos que son una parte importante de la crisis en la que estamos inmersos, probablemente porque nos dejamos. El caso es que en la finca donde vivíamos éramos dos inquilinos en un espacio ideado para trece viviendas. Nos quedamos solos porque esta mala gente de la que les hablo poco a poco erosionó su voluntad de firmeza. “No es justo, pero estamos hartos”. Bajo este pesimista horizonte resistimos a goteras, abandono, extorsiones, amenazas... Al final llevamos a juicio a estas personas con nombres y apellidos. Con informes de arquitecto técnico incluido, abogados (dos) y mucha decepción ante la inoperancia de los que dicen protegernos. En el juicio, como me venía venir lo que vino, hablé en lugar de mi abogado y con una cita de Séneca, le dije al juez:

“ Quien no quiera vivir entre justos, que se vayan al desierto”.

¿Y saben lo que ocurrió después? Que meses antes de finalizar nuestro contrato dejamos el piso. Hace poco pasamos por allí y la finca estaba reformada, bonita. Solo que vacías y sin vidas en su interior. Supongo que los dueños estarán esperando a que lleguen mejores tiempos tras la devaluación del mercado actual. Si a estas formas de proceder llaman honestas u honradas, les aconsejo que se revisen la vista y que lean más. Los hará fuertes.

Pero no todos han tenido la “potra” nuestra, no se equivoquen. Ni todos son tan rebeldes ni se pueden permitir (relativo) perder lo que les ofrecen como para asumir otro destino. Piensen en los abuelos, con lo poco que cuentan, en su vulnerabilidad: sus vergonzosas pensiones, su soledad, su ostracismo familiar, numeroso por cierto y que padecen como una epidemia sin que nadie les escuchen ni les socorran. Como actualmente está sucediendo en todos los lugares, los especuladores son gaseosos y se filtran como espectros en nuestras vidas. Un amigo burgalés me contaba recientemente un caso de especulación y acoso inmobiliario en Burgos. Caja Burgos, dueña y señora de la ciudad del Arlazón, por lo que pude comprobar estas fiestas invernales pasadas, está protagonizando un “desalojo legal” de inquilinos con muchas décadas de antigüedad en el barrio Manuel de la Cuesta, para obligarles a ocupar sus nuevas viviendas. Dicen que para “mejorar sus vidas”. Eso es lo que dicen. Lo que omiten es que detrás de esas operaciones, lo que realmente hay es un lucrativo negocio inmobiliario encubierto. Que las casas en las que vivían ellos, gozan de una salud envidiable al lado de las nuevas, que está por verse, y los argumentos de Caja Burgos, huecos, sin sentimiento; como que no cuentan con ascensores, son una patraña subsanable si imitan otras alternativas llevadas a cabo en Barcelona como la de instalar ascensores exteriores. He visto las fotografías de las obras que hablo y son fáciles soluciones integradoras que no hay más que contemplar. Pero no. El Departamento de Inmuebles de dicha entidad, según ha manifestado hasta el aburrimiento su responsable de Caja Burgos, Fernando Arias, con el pretexto de una “Obra Social”, impone que es lo mejor para los desafortunados vecinos del barrio. Me pregunto si este señor conoce a los vecinos de Manuel de la Cuesta. Si ha dedicado tan sólo dos segundos de su vida en saber que le preocupa a cada uno de ellos. Si conoce sus historias personales. Sinceramente, me extraña. Tal vez no sea él al que se deba preguntar. Tal vez sea un intermediario del Consejo que compone Leoncio García Núñez, director de Caja Burgos. Tal vez todos ellos sean la cara de la injusticia, de la indiferencia que nos corroe como un oxido que se expande sin mesura. Hoy son los vecinos de Manuel de la Cuesta. Ayer fue en el Cabañal de Valencia. Anteayer en La Punta de Pinedo, El Puerto, La Malvarrosa, Cullera, Alboraya... Todas las referencias de los antiguos se evaporizan a golpe de talonario. También son las referencias de una modernidad agresiva que se exhibe en el escaparate de lo superfluo, de lo que no tiene valor sino precio. De lo que nada dice, pero sí muestra. De una referencia fugaz que morirá como nació, sin memoria. Dejando que otra tendencia termine de una vez, para siempre, con lo que fue.

La vida es un acontecimiento de esperanza pétrea:

Benjamín Lajo Cosido
(memorialista)

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