Amenazadas las fronteras del Norte
por la explosión demográfica del Sur,
por la emigración que se avecina
y adivina imparable del Este.

Sin la necesaria tasa de natalidad
para reproducirse biológicamente,
a la subespecie animal
autoproclamada raza blanca.

A la cultura del despilfarro
se le hunden sus valores y su mundo,
se le hunden las bolsas y las bases,
los pilares y cimientos de su poder.

A los blancos caníbales y antropófagos
de los suyos y de sí mismos,
les tiemblan las patas y las manos
cuando oyen el toc-toc en sus puertas.

Se desesperan, aterrados,
por la ola de criminalidad
e inseguridad ciudadana
que les acosa y les azota.

Chicago, años veinte y la ley seca,
Al Capone y Los Intocables,
historietas y cuentos para dormir
hoy los niñitos de biberón.

Quienes siembran la miseria y la violencia,
a los de la doble y triple moral
prisioneros de la coca, les tiembla el alma
cuando alguien se les acerca pidiendo su pan.

En los EE.UU. y en la CE los blancos
se sienten machos y seguros de sí mismos,
ricos y ufanos, van bailando y silbando,
marcando, pisando fuerte en el asfalto.

Y cuando se les acerca un negro o un moreno,
un indio o un amarillo que no sea japonés,
dan un salto y retroceden espantados,
huyen como perseguidos por el diablo.

Escapan despavoridos de sus propios pecados.
Cierran las puertas blindadas
de sus corazones y de sus almas
con mil cadenas y candados.

Se esconden detrás de los cerrojos,
debajo de las camas y en los armarios,
en los sótanos y refugios
de plomo y hormigón armado.

Se encierran y se encadenan
los de la miserable opulencia,
en las cárceles del cuerpo y del alma,
de su angustia, tortura y locura.