LAS MONTAÑAS Y EL MUNDO
(En la senda de Florián García Velasco “Grande”)
Salvador F. Cava
Ahora en el Círculo de Bellas Artes de Madrid se
celebran múltiples actividades con marchamo de calidad. He estado en
varias de ellas. Doy fe, para que no haya duda, que hasta presenté con
el cordón umbilical de la mejor poesía de estos tiempos, y ya han pasado
años, el primer número de mi revista “La Factoría Valencia”, con el
colectivo “Alicia Bajo Cero”. Tiempo después, César Antonio de Molina
fue ministro de cultura (yo, que descreo del poder, me alegro que vuelva
a la palabra escrita, le necesitamos, aunque no sé en qué mundo). Pero
hubo un tiempo no muy lejano donde el Círculo de Bellas Artes, como casi
toda España, fue cárcel, prisión de los comunistas que se enfrentaron al
golpista Casado, y a mi admirado Cipriano Mera. Allí, en esos días
finales del mes de febrero de 1939, se conocieron dos de los
protagonistas de la mejor historia cinematográfica jamás filmada:
Florián García Velasco y Francisco Corredor Serrano. Desde entonces les
unió la amistad.
Ahora en los bares de la contornada, hay tertulias, y
dimes y diretes de quién tiene la razón en el día a día pírrico, por
aquello de la crisis o los lunes futboleros. No falta el periódico sobre
la barra del bar. Pero también hubo un tiempo en el que a Florián
García, a la vez que camarero en Madrid o en Valencia, no le faltaban
arrestos y certeza para militar clandestinamente en el partido comunista
y alentar los rescoldos de la lucha contra la dictadura. Como tampoco le
faltó nunca ingenio a Francisco Corredor para pasar a la acción y
conseguir fondos de los bancos o imprimir propaganda de manera artesanal
a fin de que los opresores no se sintieran tan ufanos. Ambos, y otros
muchos, nunca fueron tipos de brazos caídos. Y ni los “confortables
hoteles” de Albatera o Porta‐Celi o Escuelas Pías de Gandía les hicieron
más mella que el deseo de seguir y seguir.
Ahora que la gente viaja en confortables autobuses y
aviones y aves, y si se retrasan más de unos pocos minutos hasta te
devuelven los dineros, tanto Florián García, apodado “Grande”, como
Francisco Corredor “Pepito el Gafas”, recorrieron a pie, y de noche,
tantos kilómetros de montes que no hay bono de descuentos que lo
contemple. Andar, entonces, no era una receta médica. Era una necesidad,
de supervivencia y vivencias políticas y sociales, también para las
sufridas gentes del campo. Pero para los que con un arma y una mochila
oteaban el horizonte con un objetivo y un sueño, no hubo apenas
comodidades, y al menor descuido les cercaba el sufrimiento más
sangrante. En la década de los cuarenta y entrados los cincuenta, desde
los montes de la Cordillera Ibérica, “Grande” y “Pepito el Gafas”, y un
montón de gentes en la lucha del maquis, con más ilusión que pertrechos,
mantuvieron en jaque a todo un ejército de guardias. Ellos activaron la
conciencia de lo que hoy en día ni imaginamos lo que ha costado
conseguir: la libertad.
Ahora con el dedo absoluto del poder político, y un
móvil, se puede ser jefe y tener despacho en cualquier administración.
El voto es el meritaje y no la verdad. Así lo predica y lo practica la
derecha política. Con ejemplos irrisorios, si no fuera porque son
siempre a costa de todos. Pero hubo un tiempo donde había que predicar
con el ejemplo. Ser jefe de un buen puñado de hombres que se jugaban la
vida por mantener activa la lucha contra todo un sistema dictatorial. No
bastaba con decir “soy comunista”, la dinámica de la guerrilla implicaba
voluntad, estrategia, carisma y no poca dosis de suerte. “Grande”, como
Jefe del Sector 11º de la AGLA, desde 1946 hasta 1952, los tuvo. Y con
ello se ganó el aprecio de todas las gentes que le conocieron y que en
él confiaron. Hubo momentos difíciles, más que fáciles, y en ellos nunca
faltó el don de gentes y la simpatía que le caracterizó, haciendo más
llevadera la aspereza de una vida entre marañas y peñascos.
Ahora las comodidades pueblan la era digital. No
faltan en las estanterías los nuevos modelos de electrodomésticos, los
flamantes envases de pastas, leche con no sé cuántos aditivos, bebidas
de todos los colores. La cantidad es inmensa, y sin duda también la
calidad. Pero hubo un tiempo donde alimentarse no era tan fácil. Se pasó
hambre. Y quienes hicieron de su vida una proeza social, todavía
sufrieron más aún la calamitosa llamada de las tripas. Lo que se podía
se comía, que muchas veces era nada. Y seguir y seguir. Pues más fuerte
que cualquier tentación fue la sabia disciplina y fe en los principios
que removían los pies y el estómago. Aquellos hombres y mujeres se
alimentaron un montón de veces de hierbas, agua y aire.
Ahora las vacaciones se disfrutan en paraísos
terrenales. De visita a París, Roma, Londres, Nueva York. Y toda una
serie de fotografías que nos van acompañando verano tras verano. Sin
embargo Praga, tan recorrida hoy en clase turista en sus puentes y
edificios, también fue la ciudad del exilio. No sólo Francia se llenó de
republicanos españoles que ya la tienen en descendencia como patria. En
Praga, bajo la órbita comunista, vivieron trabajando y colaborando con
la resistencia un gran número de comunistas con la mirada puesta en su
lejana tierra y en sus familias, y la radio Pirenaica encendida.
Vivieron la Primavera del 68 como reflejo de sus dudas. Esperaron tener
también papeles, y tras la muerte del dictador pudieron pisar de nuevo
la tierra que les vio partir.
Ahora los jubilados parece que tienen un largo tiempo
de reposo. A Florián la salud le ha respetado en compañía de su mujer
Remedios, hasta los 93 años. Largas partidas de cartas o dominó, paseos,
viajes del Imserso. Pero Florián y Reme “Celia” no fueron nunca de
estarse callados. Cierto es que costó arrancar. Y luego se prodigaron
con entusiasmo y simpatía allí donde se les requería. Su trabajo de
didactismo histórico fue encomiable. Supieron, y a Reme esperemos que la
salud le acompañe y siga en la brecha, dar testimonio de su historia.
Llegaron a los jóvenes. Trasmitieron luz y generosidad, fuerza y
esperanza, sacrificio y entereza. Recogieron el cariño allí por donde
pasaron. No podía ser menos. La fuerza de sus convicciones arraigaba
tras sus palabras. Casi embobados nos quedábamos cuando les
escuchábamos.
Ahora, con los libros de historia que se publican y
las leyes sobre la historia que se promulgan, pudiera pensarse que la
memoria de “Grande”, de “Pepito”, de “Teo”, de “Rubio”, de “Chaval” o de
“Carrete”, está en paz con la historia. Pero no es así. Camino hay
andado, y mucho, y bien. Pero la orfandad de los campos, la tacañería en
la aceptación institucional de sus derechos, el desencuentro con la
historia de la transición, en definitiva, su soledad, la hemos de seguir
alimentando como estandarte de voluntad y destino, con la fuerza que
cada atardecer ellos tenían para ponerse en pie y caminar, en busca de
suministros, en pos de una charla política, o tras una acción
contundente contra el desasosiego armado del franquismo, y seguir y
seguir.
Ahora, cuando el tiempo niebla y en los ojos nos
sorprende la lágrima, no la lágrima fácil, sino la vieja lágrima que no
quiere desprenderse del ojo, para que el recuerdo se eternice, un adiós
y un hasta siempre se deposita en los labios. Si se aleja la persona
queda el aliento de tantos y tantos momentos juntos, de tanto ánimo, de
tanta enseñanza, de tan alto ejemplo. El mundo, a veces, es una palabra
y el silencio. La intemperie perfilará mellas en el costado de las
casas, en la corteza de los pinos, en superficie de los peñascos. No
habrá navaja de pastor que trace cicatrices de recuerdo. Sin embargo,
alguna voz profunda también se habrá de sentir. Mientras, la primavera
avanza, las florcillas del valle y de los ribazos mudarán su color, y
hasta las campanillas serán rojas.
Ahora, citando las palabras guerrilleras que “Grande”
les repitiese una y otra vez a su gente cuando salían de misión: “Detrás
de esas montañas hay un mundo a conquistar”, con toda la utopía que
entonces y ahora connotaban, con toda la utopía “literal” que también
entonces y ahora significan, bien podríamos, desde la “pobre” vida
rural, desde la desatendida vida rural, todavía lanzar consejos de
manual de ciudadanía a los obispos que aquí nunca han llegado y menos
vivido, a los políticos que ídem de ídem, a los escritores que semejan
doctrina de fin de semana sobre mundanales defectos propios al pairo de
un articulillo en la página de opinión (y mira que les aprecio y hasta
me temo que tendré que ser su siquiatra), decirles a todos ellos que
tenían razón Florián García Velasco “Grande”: que sigue abierto el mundo
a conquistar, a conquistar para los pobres, para los desposeídos, para
las maltratadas, para los desclasados, para los ingenuos, para los
enamorados del imposible, para los que nunca compremos trajes con dinero
de otros, para quienes la política no es cosa de familia, para quienes
la educación no es un ejercicio de tonterías mandarinas, para quienes se
sonrojan y hasta dimiten si no son escrupulosos con el gasto del dinero
público. Y un largo etcétera, tan largo como la travesía a pie de los
cien días.
Ahora, con ese amor de la vida cumplida
responsablemente, y para todos los demás, para los deleznables, aquellos
sinvergüenzas para quienes el mundo es sólo su mundo, por si alguna vez
dejan a su espalda la Torre Eiffel, con el mismo deseo guerrillero de
nuestro admirado Florián: “Buena puntería”.
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