SERRANÍA DE CUENCA 

Triste y silenciosa se queda la Serranía de Cuenca en invierno.

Oscura, cual nicho que guarda los restos de un cuerpo, pese al manto de la nieve que recubre el suelo y a la luna llena que luce en el cielo mostrando su cerco.

No se ve al serrano cruzar la dehesa camino del rento donde su serrana lo está esperando. Los pastores, que tras las esquilas de su piara de ovejas, andaban trenzando una soga de esparto... a extremar se han ido.

No hay luz que guía tus pasos ni humana voz que rompa el silencio. Hasta el cárabo y el búho han enmudecido y no se oye su grito a lo lejos que, tomándolo el eco, se repetía en las barranqueras que se hunden y riscos que se alzan desafiantes al cielo.

Así es el invierno en la Serranía. Invita al recogimiento místico, silencioso y frío como losa de muerto.

Las noches son tristes y largas, como larga y triste es la vida... de quien la vive sufriendo.

Así yo te he visto... así te recuerdo, Serranía de Cuenca, en todos mis sueños... y sé que no duermo.

José Manuel Montorio, Praga, 14 de enero de 2004